LA SÁBANA SANTA Y LA RESURRECCIÓN DE CRISTO

Mtro. Gustavo Aguilera Jiménez

Miembro del Centro Mexicano de Sindonología


Los estudios científicos hechos a la Sábana Santa arrojan información interesante respecto a la Resurrección de Jesús.

José de Arimatea compra una sábana para envolver el cuerpo del Señor y depositarlo en un sepulcro nuevo excavado en la roca (Mt 27). San Mateo precisa que es una sábana “limpia”, sin imagen, manchas, pintura o sangre.

Esa tarde comienza la fiesta de la Pascua judía. No les da tiempo de lavar el cuerpo del Señor, solo alcanzan a envolverlo en la sábana de lino, con algo de mirra y áloe. Lo dejan en el sepulcro, tapan la entrada con una gran roca y se van, con la esperanza de volver el domingo a primera hora y terminar de preparar el cuerpo.

El doctor Gilbert Lavoie deduce de sus análisis de la Sábana Santa que, poco después de la muerte, todavía fluía sangre de las heridas y que el cadáver fue envuelto en la sábana de lino, a lo mucho, dos horas después de la muerte.

Existe un proceso en la sangre que se llama fibrinólisis. Cuando la sangre sale de una herida, primero se aglutina y pasado cierto tiempo, se disuelven los coágulos sanguíneos. Dos estudiosos, Sebastián Rodante y de Carlo Brillante, afirman que el cuerpo estuvo en contacto con la tela solo alrededor de treinta y seis horas, al cabo de las cuales se interrumpe el contacto y también se interrumpe el proceso de la fibrinólisis, dejando las huellas de sangre nítidas, como se ven hoy. De haber seguido el cuerpo en contacto con la tela por más tiempo, la fibrinólisis hubiera dejado las huellas de sangre más difusas, a causa de la disolución de los coágulos.

La permanencia menor a treinta y seis horas del cadáver en la tela se deduce también de la ausencia de cualquier indicio de descomposición del cuerpo. No se encuentran los efectos esperados de la putrefacción, que en el caso del hombre de la Sábana Santa debió acelerarse por la presencia de grandes heridas, diversas áreas de contusión y amoratamiento. Lo normal es que un cadáver, después de treinta horas, emita gas amoniacal por la cavidad oral, el vientre se inflame. En la sábana de Turín no se encuentran tales señales.

Sorprende a los médicos forenses que la Sábana Santa nos presente un cadáver que tiene menos de treinta y seis horas de muerto, con un rostro sereno, incluso majestuoso, en comparación con los rostros contorsionados de personas que sufren muerte violenta.

Cuando en 1978 científicos norteamericanos del STURP (Shroud of Turin Research Project) analizan la Sábana Santa, confirman que la imagen no contiene pintura, sino que se trata una degradación de las fibras superficiales de la tela, algo así como una deshidratación.

Recientemente, científicos italianos del ENEA (Agencia Nacional de Investigación para las Nuevas Tecnologías) realizaron un experimento con el láser más potente del mundo. Querían ver si la luz concentrada puede dejar una marca superficial en el lino, idéntica a la que produce la imagen de la Sábana Santa. Al inicio se les quema la tela, luego reducen la potencia del láser, pero no queda marca. Es hasta que emiten un disparo con toda la potencia del láser en una millonésima de segundo que obtienen una huella semejante a la de la Síndone (una deshidratación de las fibrillas superficiales del hilo). Di Lazaro y Murra, directores del experimento, explican que toda la potencia del láser se empleó para impactar un centímetro cuadrado de lino, y calcularon que para lograr una imagen del cuerpo completo frontal y dorsal, como el de la Sábana Santa, tendrían que emplear una energía equivalente a treinta y cinco mil millones de wats. En la actualidad no existe ningún láser con esa potencia.

Es verosímil pensar que una concentración de luz ultravioleta vertical emitida del cuerpo haya impreso esa imagen en la Sábana Santa. ¿Algo parecido al resplandor que emitió el cuerpo de Jesús en su transfiguración? (Lc 9).

La mañana del domingo, Pedro y Juan corren al sepulcro, porque les avisaron que “se habían llevado al Señor” (Jn 20). Pedro entra al sepulcro, después entra Juan, ve y cree.

La Sábana Santa ha ayudado a los exegetas a traducir con más exactitud algunos pasajes de la Biblia, como el caso de la “bofetada” del siervo del sumo sacerdote (Jn 18, 22). Los médicos forenses descubren en el rostro de la sábana huellas de un bastonazo que se marca en la mejilla derecha y rompe el cartílago nasal. Un bastón de cinco centímetros ancho. El verbo griego empleado por Juan es “rapizein”, que se tradujo como “le dio una bofetada”, pero su traducción más precisa sería “lo golpea con un bastón”, porque “rapizo” significa bastón.

Lo mismo sucede con este pasaje de Juan 20, en que la realidad de la Sábana Santa, con las manchas de sangre de la crucifixión y la imagen doble de un hombre crucificado que no puede ser sino Cristo, nos ayuda a traducir correctamente lo que vieron Pedro y Juan en el sepulcro: “y agachándose ve la sábana allanada (lisa, deshinchada) y el sudario que estuvo en la cabeza no igual que la sábana, sino enrollado en su propio lugar… vio y creyó” (Carreño).

Juan, Pedro, María Santísima, María Magdalena y más de quinientas personas fueron testigos directos de la Resurrección de Jesús. Murió Pedro, murió Juan, María fue asunta al Cielo, murió María Magdalena y cada uno de los testigos. Solo nos queda un testigo directo: la Sábana Santa que envolvió su cuerpo, se empapó con su sangre y recibió la imagen de su cuerpo bendito en aquella hora extraordinaria de la Resurrección.

Como dice el director de cine Juan Manuel Cotelo, un milagro no te obliga a creer, es un don, lo recibe quien quiere. Lo aprovecha quien esté dispuesto a recibirlo. Cotelo también dice que no es lo mismo “creer en Dios” que “vivir en Dios”. La Sábana Santa nos ayuda a reforzar la fe, a tener detalles, certezas de fe. Pero la gracia que perseguimos a través de la contemplación de las heridas y la Resurrección es, más que ninguna otra, experimentar al Señor y que el Señor se digne imprimir en la tela de nuestras almas su divina imagen para siempre.


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